El oro está viviendo un momento estelar, consolidándose como el activo refugio por excelencia. Su precio al contado alcanzó un máximo histórico de US$4.193 la onza, con un aumento de casi el 54 % en 2025. Este rally se atribuye a las esperanzas de una bajada de tasas de interés por parte de la Reserva Federal, lo que aumenta el atractivo del metal dorado al no devengar intereses. Además, la incertidumbre global, alimentada por las tensiones comerciales, impulsa la demanda de activos seguros.

En el otro extremo del espectro se encuentra el petróleo. Los futuros de las referencias Brent y WTI se negocian en sus niveles más bajos en cinco meses.

Los precios están siendo presionados por un doble frente: por un lado, la intensificación de la disputa comercial entre EE. UU. y China amenaza con debilitar la demanda mundial de crudo; por otro, la Agencia Internacional de Energía (AIE) ha advertido sobre un inminente "exceso de oferta hacia 2026". Esta combinación de factores ha llevado a que el barril de WTI se negocie en US$58,36 y el Brent en US$62. La divergencia entre el oro y el petróleo pinta un cuadro claro del sentimiento actual del mercado: una fuerte aversión al riesgo que favorece a los activos de refugio en detrimento de aquellos ligados al ciclo económico.