Este hito fue impulsado por una combinación de factores que generaron un entorno perfecto para el metal dorado.
Según los expertos, las compras masivas por parte de bancos centrales, la debilidad del dólar estadounidense y la creciente incertidumbre política y geopolítica global se retroalimentaron para impulsar su precio. La plata también tuvo un desempeño excepcional, brillando incluso más que el oro al alcanzar un récord de 51 dólares la onza, su nivel más alto desde 1993. Por su parte, el platino llegó a los 1.620 dólares, su cotización más elevada en 13 años.
Esta “fuga hacia la calidad” es una reacción clásica de los mercados en tiempos de crisis.
Mientras las acciones, el petróleo y las criptomonedas se desplomaban, los inversores liquidaban sus posiciones en activos de riesgo para comprar bonos del Tesoro y, sobre todo, metales preciosos. La búsqueda de refugio fue tan pronunciada que incluso se mencionó la expectativa de que el dólar estadounidense se debilite y pierda su dominio, lo que favorecería aún más a activos alternativos como el oro.













