La escalada del oro fue impulsada por una confluencia de factores que generaron aversión al riesgo. Entre ellos destacan el cierre parcial del gobierno en Estados Unidos, que sembró dudas sobre la estabilidad fiscal del país, y la agitación política en Europa y Japón, que debilitó al euro y al yen.

Esta situación llevó a los inversionistas a buscar seguridad en activos tangibles.

El economista Peter Schiff advirtió que este aumento podría ser una señal de un posible “desastre económico”, sugiriendo que los mercados están anticipando tiempos adversos. Aunque el metal precioso experimentó una ligera toma de utilidades que lo llevó a cotizar alrededor de los US$4.048 tras alcanzar su pico, la tendencia subyacente sigue siendo fuerte. La percepción de que tanto el oro como el Bitcoin están en máximos ha llevado a algunos analistas a preguntarse si se trata de mera especulación o de una preparación para una crisis. La fortaleza del oro también se vio respaldada por la expectativa de que la Reserva Federal de EE. UU. podría inclinarse hacia nuevos recortes de tasas de interés, lo que disminuiría el atractivo de los activos que devengan intereses y haría más competitivo al metal, que no los genera.