Desde entonces, la tasa ha ido cayendo de manera sostenida.

Actualmente, la cantidad de estrellas que nacen es significativamente menor en comparación con aquella época dorada. La razón principal de este declive es el agotamiento progresivo del gas frío y denso, el combustible esencial para la formación estelar.

Las galaxias están consumiendo sus reservas de gas a un ritmo más rápido del que pueden reponerlo. A medida que este material se agota, las “guarderías” estelares se vuelven cada vez más estériles, lo que lleva a una menor cantidad de nacimientos.

Aunque este proceso es extremadamente lento y no tendrá consecuencias visibles en escalas de tiempo humanas, su implicación a largo plazo es profunda.

Un universo con menos estrellas nuevas será un lugar más oscuro y frío. Eventualmente, las estrellas existentes agotarán su combustible y se apagarán, y sin una nueva generación que las reemplace, el cosmos se dirigirá hacia un final oscuro y vacío.

Este hallazgo no solo nos ayuda a comprender el ciclo de vida del universo, sino que también subraya la fase afortunada en la que existimos, una época en la que el cielo todavía está lleno de la luz de estrellas en formación.