Este modelo confirma que el desarrollo cerebral es un proceso “complejo y no lineal” que continúa durante casi toda la vida. La extensión de la adolescencia hasta los 32 años tiene profundas implicaciones para la salud mental, la educación y las políticas públicas, ya que redefine lo que se considera adultez temprana. Comprender estas fases, según los investigadores, es fundamental para la prevención de trastornos y la planificación de intervenciones que promuevan el bienestar cerebral a largo plazo.