El tiburón mide aproximadamente 14 centímetros, un tamaño que le permite caber en la mano y que le da su peculiar nombre.

Fue descubierto por accidente mientras los investigadores realizaban un estudio sobre cachalotes, lo que subraya cuántos misterios permanecen ocultos en las profundidades del océano.

A diferencia de la imagen tradicional de los tiburones, esta especie no destaca por su ferocidad, sino por su habilidad para la bioluminiscencia. Posee glándulas especiales cerca de sus aletas que le permiten emitir luz, una adaptación crucial para la supervivencia en la oscuridad total de las profundidades. Los científicos creen que este brillo cumple múltiples funciones: podría atraer a sus presas, servir como medio de comunicación con otros miembros de su especie o actuar como un mecanismo de camuflaje, igualando la tenue luz que se filtra desde la superficie para ocultarse de depredadores más grandes. Las extremas condiciones del océano profundo —oscuridad, bajas temperaturas y alta presión— obligan a las especies a desarrollar adaptaciones únicas, y la bioluminiscencia de este tiburón es un claro ejemplo de respuesta evolutiva a estos desafíos.

Aunque el fenómeno no es desconocido en criaturas marinas, los expertos aún investigan cómo este pequeño tiburón desarrolló esta capacidad, abriendo una nueva ventana al estudio de la evolución en entornos extremos.