Para llegar a esta conclusión, el equipo examinó más de 600 cráneos de perros y lobos, tanto modernos como arqueológicos. Los cráneos más antiguos, del Pleistoceno tardío, eran estilizados y similares a los de los lobos actuales. En contraste, los restos más recientes, correspondientes a perros del Holoceno, mostraban una mayor variabilidad en forma y tamaño, con algunos ejemplares de hocicos más cortos y anchos, un rasgo ausente en los lobos.

Curiosamente, algunas de las formas craneales antiguas no existen en los perros actuales, lo que sugiere que pudieron desaparecer a medida que cambiaron las funciones que cumplían para las sociedades humanas. Los investigadores sugieren que la domesticación fue un factor clave, ya que vivir junto a los humanos aumentó las posibilidades de supervivencia de nuevas morfologías; como explicó Ameen, razas pequeñas no habrían sobrevivido aisladas en la naturaleza. Además, la expansión de los perros coincidió con grandes migraciones humanas, lo que facilitó su diversificación. Un segundo estudio en *Science* complementa estos hallazgos, indicando que las sociedades antiguas ya desarrollaban estrategias de cría selectiva para adaptar a los perros a sus necesidades, consolidando la idea de que su evolución está profundamente ligada a la historia humana desde sus orígenes.