Este comportamiento del mercado sugiere un rechazo de los consumidores a los compromisos en batería y rendimiento fotográfico. El lanzamiento del iPhone Air se ha convertido en un caso de estudio sobre las prioridades del consumidor en la era de la alta competencia tecnológica. Según un análisis de SellCell, el dispositivo perdió en solo diez semanas un promedio del 44,3 % de su valor, una cifra marcadamente superior a la de otros modelos de la misma generación. En comparación, el iPhone 17 Pro Max de 256 GB experimentó una caída mucho más estable del 26,1 %, lo que evidencia una mayor confianza del mercado en los modelos que no comprometen especificaciones. La razón de esta disparidad radica en los recortes técnicos del Air para alcanzar su grosor de 5,6 mm: una batería de 3.149 mAh, considerablemente menor que la de sus contrapartes, un único sensor en la cámara trasera, la ausencia de una ranura para SIM física y un solo parlante. Estos compromisos afectan directamente la experiencia diaria del usuario, un factor que ha pesado más que la innovación estética. La reacción ha sido global, con especial notoriedad en China, un mercado crucial donde la funcionalidad es primordial para servicios de pago y comunicación.

Allí, la tibia recepción del iPhone Air llevó a marcas locales como Xiaomi, Oppo y Vivo a cancelar o aplazar sus propios proyectos de móviles ultradelgados.

El mensaje para la industria es contundente: cuando un teléfono recorta capacidades esenciales para verse más delgado, pierde atractivo y valor de reventa.

Aunque Apple ya estaría trabajando en un iPhone Air 2, el mercado ha dejado claro que el equilibrio entre diseño y funcionalidad es innegociable.