Aunque lleva la inscripción “Diseñado por Apple en California”, la existencia del iPhone es un testimonio de la interdependencia industrial del siglo XXI. Sus componentes más avanzados, como los chips de última generación, son fabricados por TSMC en Taiwán; las memorias provienen de Samsung y SK Hynix en Corea del Sur; los sensores de imagen son de Sony en Japón; y la maquinaria de litografía de ultravioleta extremo (EUV) es producida en Europa.

Finalmente, el ensamblaje se realiza mayoritariamente en China.

Esta cadena de suministro global, antes vista como un modelo de eficiencia, es hoy una fuente de vulnerabilidad. La guerra comercial impulsada desde Washington, con aranceles y restricciones a la exportación de chips avanzados a Pekín, ha puesto a Apple en una posición delicada, obligándola a diversificar su producción fuera de China. El conflicto subraya una realidad estratégica: el control de los semiconductores es tan vital en la actualidad como lo fue el del petróleo en el siglo XX.

En este contexto, Estados Unidos ha lanzado iniciativas como la ‘Misión Génesis’ para usar IA y acelerar descubrimientos científicos, buscando reforzar su capacidad tecnológica y mantener su ventaja estratégica frente a China.

El iPhone, por tanto, no es solo un producto de consumo, sino un reflejo de la fragilidad de un sistema globalizado y el principal campo de batalla en la silenciosa guerra por el futuro de la tecnología.