La violencia fue un tema recurrente en su producción; González buscaba confrontar la indiferencia generada por la repetición mediática de la tragedia. Su instalación "Auras anónimas" en los columbarios del Cementerio Central de Bogotá, donde cubrió miles de nichos con siluetas de cargueros de cadáveres, se erigió como un poderoso monumento al duelo colectivo. Además de su prolífica obra, fue una destacada pedagoga e investigadora, dirigiendo el área educativa del Museo de Arte Moderno de Bogotá y formando a nuevas generaciones. Su legado, reconocido con premios como el Nacional Vida y Obra, es el de una artista que usó su voz crítica para construir una memoria visual del país.